domingo, 4 de enero de 2026

América Latina no es patio trasero de nadie



América Latina ha sido históricamente concebida por los Estados Unidos como su llamado patio trasero: un espacio disponible, subordinado y funcional a intereses económicos, geopolíticos y corporativos ajenos a nuestros pueblos. Esta noción no es una figura retórica ni una desviación del discurso diplomático, sino la expresión concreta de una racionalidad imperial que se ha desplegado, a lo largo del tiempo, mediante bloqueos económicos, golpes de Estado, tutelajes políticos, endeudamiento estructural e intervenciones directas e indirectas.

Desde la Doctrina Monroe hasta las formas contemporáneas de injerencia, el imperialismo estadounidense ha producido una relación asimétrica persistente, orientada a garantizar condiciones favorables para la acumulación del capital transnacional y el control estratégico de territorios, recursos y poblaciones. Lo que se modifica no es el objetivo, sino el lenguaje: hoy la dominación se reviste de democracia, seguridad, gobernabilidad o lucha contra amenazas difusas.

Antonio Gramsci advirtió tempranamente que la dominación moderna no se sostiene únicamente por la coerción, sino por la construcción de consenso. En América Latina, el imperialismo opera también como hegemonía: moldea sentidos comunes, delimita lo posible y lo imposible, establece los márgenes de lo tolerable dentro del orden capitalista global. Allí donde la fuerza no alcanza, interviene la pedagogía del poder.

El imperialismo no es, por tanto, un conflicto abstracto entre Estados soberanos. Es una relación material de explotación que articula intereses del capital global con élites locales dispuestas a garantizar la subordinación. Desde esta perspectiva, la dependencia no es un error de diseño ni una anomalía, sino una condición funcional a la reproducción del capitalismo en su fase imperial.

Rosa Luxemburgo lo formuló con claridad: la expansión imperialista no constituye una desviación del capitalismo, sino una de sus necesidades vitales. La incorporación violenta o forzada de territorios, economías y pueblos al circuito de acumulación es el mecanismo mediante el cual el capital intenta resolver sus propias crisis. Las consecuencias de esta dinámica recaen, sistemáticamente, sobre las mayorías trabajadoras: precarización de la vida, pérdida de derechos, profundización de las desigualdades y vaciamiento de la soberanía popular.

En este escenario, el internacionalismo no puede reducirse a una consigna ética ni a una declaración de principios. Es una exigencia histórica. Como afirmaba Luxemburgo, la emancipación de la clase trabajadora será obra de la propia clase trabajadora. En un mundo donde el capital actúa a escala global, toda estrategia emancipadora que permanezca confinada a los límites nacionales está condenada a la derrota.

Gramsci describió los tiempos de crisis como aquellos en los que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no logra nacer, dando lugar a un interregno cargado de monstruos. América Latina habita hoy ese claroscuro: el agotamiento del modelo dependiente convive con la ofensiva restauradora del imperialismo, empeñado en cerrar cualquier posibilidad de ruptura.

Desde esta perspectiva, el rechazo a toda forma de intervencionismo de los Estados Unidos en Venezuela y en el conjunto de América Latina no es una toma de posición coyuntural, sino la defensa de un principio político elemental: ningún pueblo puede ser libre si otro decide por él. La autodeterminación no es negociable, ni puede subordinarse a intereses externos, bloqueos económicos o amenazas militares.

La soberanía, la democracia y la justicia social no emergerán como concesiones del poder imperial ni como derivaciones automáticas del tiempo histórico. Son el resultado de conflictos abiertos, de organización persistente y de la construcción consciente de poder popular. Allí donde el imperialismo busca clausurar alternativas, los pueblos de América Latina han demostrado, una y otra vez, capacidad de resistencia, reinvención y lucha.

Pensar la emancipación hoy exige asumir que no hay progreso garantizado ni desenlace predeterminado. El horizonte se construye en disputa, en un tiempo marcado por crisis, restauraciones y ofensivas reaccionarias. En ese escenario, sostener la autodeterminación y el internacionalismo no es un gesto retórico, sino una práctica política que interpela el presente. 

 

Benjamin hablaba de una alternativa posible,   propuso una imagen radicalmente distinta del progreso. Frente a la idea de la historia como avance lineal, pensó la revolución como el acto de tirar del freno de emergencia. Detener la catástrofe que el capitalismo presenta como destino inevitable es, quizás, una de las tareas políticas más urgentes de nuestro tiempo. 

 

América Latina no es un territorio disponible ni una periferia condenada a obedecer. Es un espacio histórico de conflictos, memorias y proyectos emancipatorios en tensión.

América Latina no es patio trasero de nadie.

América Latina no es patio trasero de nadie

América Latina ha sido históricamente concebida por los Estados Unidos como su llamado “ patio trasero ” : un espacio disponible, subordin...